Escribe como si nadie te estuviera leyendo

No recuerdo haberme hecho preguntas acerca de mis propósitos o mis expectativas cuando el año pasado decidí empezar a escribir. Me puse sin más, sin pretensiones, sin objetivos. Creo que fue porque la misma persona siempre me preguntaba, por motivos que yo nunca entendía: «¿Sigues escribiendo?» como si alguna vez hubiera empezado a hacerlo. Mis evasiones adolescentes de la realidad, a base de garabatos en los cuadernos del colegio, no cuentan para mí como escritura; dejé de hacerlo tan pronto como acabaron las clases de lengua, matemáticas y con ellas el aburrimiento. Ahora me planteo si ese impulso de volver a construir mundos ajenos al mío no será, de nuevo, una huida.

Llevo unas semanas preguntándome dónde me ha traído este primer año. Al vértigo. Porque las cosas no han ido como yo esperaba, pero para bien. Entonces miro al cielo, casi siempre por la noche, y le pregunto a esa persona que ya no está y que tenía tanto empeño en que escribiera: «¿Por qué?» Además de muchas otras cosas. Sé que si alguna vez me contesta será porque yo ya tenía la respuesta. Junto a ella se encuentra ahora Ursula K. LeGuin, autora a la que había leído pero, como la mayoría, no demasiado. Cuando alguien existe es mucho más invisible que cuando deja de existir. Ursula nos ha dado un toque de atención a muchos yéndose sin dejar que nos despidamos de ella como se merecía. La traigo a colación porque su muerte y mi pérdida de rumbo han confluido en su recién publicado libro de ensayos Contar es escuchar (Círculo de tiza).

El 29 de enero publiqué un tuit en el que decía: «Siento la necesidad de leer algo que esté muy bien escrito, una de esas narraciones que cuando acabe me deje con esa sensación de: “Yo quiero aprender a contar así mis historias”». El libro de Ursula ha sido ese libro.

Ursula cuenta su porqué y, de alguna manera, conocerlo ha alumbrado el sendero que lleva hasta el mío. Ayer mismo hubiera dicho que tal sendero no era más que un laberinto del que muy pocos logran salir con dignidad y no sabía si merecía la pena. Pero es que no se trata de la dignidad, sino del laberinto.

Todos somos un laberinto. Todos estamos perdidos. Todos damos vueltas buscando nuestra propia versión de un mismo lugar: la salida. No creo que escribir me vaya ayudar a encontrarla, posiblemente no exista, pero sí puede ayudarme a elaborar un mapa de mis callejones. Y yo necesito ese mapa. Para mí es importante saber qué esquinas puedo doblar para avanzar y qué otras no llevan a ninguna parte. O dónde se esconden los comecocos.

La dignidad es otra cuestión, no creo que la dignidad exista siquiera cuando nadie nos está mirando. ¿Por qué no escribir entonces como si nadie nos estuviera leyendo? Durante este último año he confundido constantemente el concepto de escribir con el hecho de que me lean; porque, para bien o para mal, ambas circunstancias se han dado casi de forma simultánea. He publicado antes de tener algo que contar. Darme cuenta de esto ha simplificado muchas cosas.

Escribir siempre ha sido mi manera de proyectar al exterior que otro mundo es posible. Como un escape al conformismo forzado que gobierna casi todos los demás aspectos de mi vida. Una reflexión acerca de un presente que cuenta con demasiados elementos para ser distinto y no lo es. No me importan las historias en sí sino lo que las historias puedan decir de nosotros, los recovecos, oscuros o no, de la mente humana que puedan llegar a iluminar. Escribir, para mí, es preguntar, dudar, molestar… Contar algo durante el proceso es solo la excusa que me pongo para permitirme pensar acerca del mundo. Supongo que esto es un problema cuando el objetivo es que te lean, pero no cuando el objetivo no se encuentra más allá de uno mismo. Es entonces cuando escribir deja de ser frustrante.

Cuando escribía en clase, lo único que me importaba era crear un mundo donde pasar aquellas horas que se hacían tan lentas, verlo a través de sus habitantes y experimentar las aventuras que yo no podía vivir desde mi pupitre. Nadie lo leía y tampoco importaba; la mejor parte consistía tan solo en imaginar y esperar que cualquier suceso fantástico irrumpiera en mi día a día y lo cambiara. Siempre quise ser Sofía Amundsen y tener mi propia historia. Al crecer, sin embargo, puede que me haya convertido en el mayor Albert Knag: al llegar a la edad adulta dejamos de ser protagonistas para ser narradores.

Ojalá consiga ser dentro unos años esa narradora a la que nadie lee.

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