The Jovian Jest. Una mujer en las revistas pulp de los años treinta.

Aquellos que me siguen por Twitter se habrán dado cuenta de que, de vez en cuando, me gusta revolver el pasado y quitarle el polvo a obras antiguas de ciencia ficción. Suelo retroceder en el tiempo para comparar la visión del mundo que se tenía entonces del ahora o para tratar de averiguar lo que aquellos futuros imaginados decían sobre las personas que los imaginaron.

En esta ocasión he viajado hasta los años treinta, un momento en el que las revistas pulp gozaban de tal popularidad, que podían llegar a vender un millón de ejemplares por número. De una de ellas he rescatado este relato.

The Jovian Jest apareció en el número de mayo de Astrounding Stories de 1930. La publicación comenzó su andadura en enero de ese mismo año y hoy se sigue editando bajo el nombre de Analog Science Fiction and Fact.

Al recordar esta época, ya remota, de la historia de la ciencia ficción y el género pulp, seguro que a muchos les han venido a la mente nombres como Hugo Gernsback (1884-1967) o John W. Campbell (1910-1971). En los años treinta publicaron también Karel Čapek (La guerra de las salamandras, 1932), Olaf Stapledon (Hacedor de estrellas, 1937), Aldous Huxley (Un mundo feliz, 1932) y Lilith Lorraine (Into the 28th century, 1930).

¿Lilith Lorraine? Se habrá preguntado más de uno. He aquí el motivo de la elección del relato que presentaré a continuación. Si existe un «canon» dentro de la ciencia ficción podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que este es eminentemente masculino. Las obras escritas por hombres han transcendido al tiempo y la mayoría de ellas se han ido reeditando hasta llegar hasta nuestros días. Un comentario habitual es: «las mujeres no escribían ciencia ficción». Pero lo hacían. Hubo un después de Mary Shelley (1797-1851) y un antes de Ursula K. Le Guin (1929-2018). Un periodo en el que mujeres como Lilith Lorraine (1894-1967), Evelyn E. Smith (1922-2000) o Andre Norton (1912-2005), por poner algunos ejemplos, ya hicieron incursiones en el género, no sin ciertas dificultades.

Lilith Lorraine, pseudónimo de Mary Maude Wright.

Lilith Lorraine, de hecho, era uno de los cinco pseudónimos que utilizaba la escritora, editora y poeta Mary Maude Wright, tres de los cuales eran masculinos. Como ella misma confesaría en una entrevista en 1965: «Tres de mis pseudónimos son masculinos. Si los editores supieran que soy una mujer no habrían aceptado publicar ni la mitad de lo que aceptan ahora». Si el presente ya es difícil para muchas autoras de género, Mary Maude lo tuvo todavía más complicado en el tiempo en el que le tocó vivir.

The Jovian Jest, que he traducido como La broma joviana, es uno de esos relatos pulp que atestigua que ellas también estuvieron allí. Muchas de estas historias, como la que nos ocupa, están disponibles gratuitamente y libres de derechos en archivos digitales como el Proyecto Gutenberg así que animo a todo el que este leyendo este artículo a que se deje caer por allí y las busque, las lea y, si le apetece, las difunda.

Espero que disfrutéis esta traducción amateur de un relato al que no le faltan visitas alienígenas, un mensaje para la Tierra y… tentáculos.

Lilith Lorraine – LA BROMA JOVIANA

Vino a nuestro diminuto planeta un resplandeciente vagabundo con un mensaje y una broma, procedente del vasto universo.

La consternación se propagó por el pueblo de Elsnore cuando se descubrió aquella cosa sin nombre en el maizal del granjero Burns. Desde el momento en el que se empezó a extender el rumor de que se trataba de algún tipo de meteorito proveniente del espacio interestelar, reporteros, científicos y profesores de universidad acudieron en masa al lugar deseosos de extraer muestras para su análisis. Sin embargo, pronto descubrieron que la cosa no era un meteorito corriente, ya que por la noche resplandecía con un extraño fulgor. También observaron que no pesaba prácticamente nada, apenas se había hundido unos centímetros en la suave arena.

Para cuando el primer grupo de reporteros y científicos hubo llegado a la granja, empezó a observarse otro fenómeno evidente: la cosa estaba creciendo.

Burns, el granjero, con la vista puesta en los beneficios, ya había colocado una valla alrededor de su visitante estelar y estaba cobrando entrada. También se negó en rotundo a permitir hacer un raspado al espécimen o incluso a que alguien lo tocara. Criticaron duramente su actitud, pero él se obcecó en que el objeto estaba en su propiedad y, por lo tanto, era suyo.

Fue el profesor Ralston de Princewell el que, tres días después de que cayera el meteorito, se dio cuenta de estaba aumentando de tamaño. Sus colegas se apelotonaron a su alrededor tan pronto como les mostró esta peculiaridad y entonces descubrieron otra característica: un latido.

La cosa, que seguía inmóvil a medida que avanzaba la tarde, temblando de forma evidente, era algo más grande que un globo y se expandía de forma gradual, casi imperceptible. Luces opalescentes atravesaban su membrana translúcida y viscosa. Cuando se hizo la oscuridad, una especie de diabólico resplandor comenzó a rezumar de ella. Digo diabólico, porque no existe otra palabra para describir ese efluvio fantasmagórico y sulfuroso.

Mientras los congregados alrededor de la valla se alejaban estremecidos por la sobrenatural luz que manaba hacia ellos y teñía sus rostros con una palidez horrible y verdosa, el hijo pequeño de el granjero Burns, movido por un impulso perverso, hizo algo típicamente infantil: cogió una piedra de considerable tamaño y la lanzó contra la multitud congregada alrededor del meteorito, haciendo blanco en este.

En vez de rebotar y caer al suelo como si hubiera impactado con algo metálico, la piedra se hundió a través de la superficie de la cosa como si hubiera caído en un pozo de lodo protoplástico. Cuando llegó al núcleo central del objeto, una señal de vida emergió y palpitó de repente desde dentro hacia la circunferencia exterior. Ondas visibles de color se movieron en círculos alrededor de la sólida roca y espadas punzantes de luz brotaron a través de ella, agujereándola, deshaciéndola, absorbiéndola. Cuando la piedra desapareció, tan solo quedó un punto rojo, como un ojo inyectado en sangre, palpitando inquietante en el lugar que esta había ocupado.

Antes de que la multitud, completamente desconcertada, tuviera tiempo de hacer ningún comentario acerca de la inexplicable desintegración, ocurrió algo todavía más horrible. La cosa, como si estuviese completamente despierta y revitalizada tras digerir aquel extraño alimento, extendió un tentáculo. Empujó la parte superior de la membrana temblorosa, serpenteando con pereza y premonizando una desgracia. Titubeando, quedó colgado por un momento doblándose, retorciéndose, tanteando. Finalmente salió disparado hacia afuera como si se tratara del ataque de una serpiente de cascabel.

Un tentáculo salió disparado como si fuera el ataque de una serpiente de cascabel.

Sin que la muchedumbre amontonada tuviera espacio para escapar, el tentáculo se enrolló alrededor del cuello del espectador más cercano: Bill Jones, un ganadero. Y lo sacudió alrededor de su núcleo rojizo mientras él se retorcía de dolor y gritaba. Estupefacta ante la espeluznante escena, con su conciencia de grupo prácticamente aniquilada ante un suceso con el que sus mentes no podían establecer ninguna relación, la multitud solo pudo suplicar al unísono entre sollozos y esperar las consecuencias.

La absorción de la piedra que le había lanzado el niño les había mostrado qué esperar, y por un momento pareció que sus peores temores se iban a cumplir. Los lentos torbellinos luminosos daban vueltas en el interior de la cosa, atrayendo el cuerpo de la víctima hacia el centro. El tentáculo gigante se retrajo hasta volver a meterse dentro de la membrana y convertirse él mismo en torbellino. Los círculos concéntricos de energía se fusionaron, apretándose, y se convirtieron en un cable reluciente que rodeó a la víctima indefensa. De la circunferencia interior del cable salieron disparadas, no las mismas espadas de luz que habían pulverizado la piedra hasta convertirla en átomos, sino una miríada de tentáculos brillantes que agarraron y sostuvieron el cuerpo por miles de lugares.

De pronto los tentáculos se retiraron solos, todos menos los que sujetaban la cabeza. Estos parecieron ejercer más presión, hincharse y bombear una sustancia grisácea que fluía desde las ventosas a través del cable, hacia el núcleo. Sí, era algo grisáceo, como una esencia ahumada, lo que la cosa absorbía desde la cavidad craneana del humano. Bill Jones ya no gritaba ni balbuceaba, pero estaba tieso con la rigidez de una piedra. A pesar de eso, no había marcas visibles en su piel; su cuerpo parecía ileso.

El horrible clímax llegó enseguida. Los tentáculos ondeantes se retrajeron, el cuerpo de Bill Jones perdió su rigidez, una sacudida desde el centro de la cosa lo propulsó hacia la superficie y Bill Jones salió.

Sí, salió y se quedó de pie un momento, mirando hacia delante, hacia ninguna parte, con los ojos vidriosos. Todos en el tembloroso y paralizado grupo supieron instintivamente que algo inconcebible le había pasado. Algo había sucedido, algo hasta ahora solo posible en los espacios abismales de la cara oculta de las cosas. Finalmente, se dio la vuelta y miró al indescriptible objeto levantando su brazo con rigidez, de forma automática, como en un saludo militar. Entonces se dio la vuelta y caminó espasmódicamente, sin consciencia, alrededor de la membrana como un soldado de madera marchando. Mientras tanto, la cosa seguía quieta, satisfecha.

El profesor Ralston fue el primero en intervenir. De hecho, el profesor Ralston siempre intervenía en los lugares más insospechados. Pero en esta ocasión sentía escalofríos. Estaba temblando.

—Caballeros —comenzó a decir mirando académicamente a la pintoresca multitud como dudando de la conveniencia de su saludo—. Compañeros ciudadanos —se corrigió—, el fenómeno del que acabamos de ser testigos es, para profanos en la materia, inexplicable. Para mí, y para mis honorables colegas —esto lo añadió sobre la marcha—, está muy claro. Tremendamente claro, de hecho. Tenemos ante nosotros un espécimen, un perfecto espécimen, podría decir de… de.

Tartamudeó en presencia de lo innombrable. Su indecisión captó la atención del gentío, que esperaba, conteniendo el aliento, una aclaración antes de volver a echar un vistazo a lo inexplicable. En la fracción de segundo en que sus miradas se desviaron desde la cosa hacia el profesor, el objeto había disparado otro tentáculo, agarrándole del cuello y ahogando su frase con un jadeo horrible que sonó como un estertor.

No es necesario explicar que el repugnante proceso que había transformado a Bill Jones de ser humano a autómata sin conciencia se estaba repitiendo con el profesor Ralston. Sucedió como la primera vez, excesivamente rápido para poder intervenir, de forma demasiado repentina para que las mentes de los espectadores se recuperaran de la parálisis provocada por esa pesadilla sin precedentes. Pero, esta vez, cuando la víctima fue arrojada a la superficie, cuando salió, drenado de la esencia gris ahumada, un tentáculo todavía le sujetaba el cuello y otro descansaba directamente encima de su cabeza. Este último, en lugar de «absorber» sustancia de él, vertía de forma visible lo que parecía una corriente filiforme de luz violeta.

De frente a la acobardada audiencia y mirando fijamente con los ojos vidriosos, todavía bajo el dominio de lo insondable, el profesor Ralston hizo algo increíble. Continuó su discurso en el punto exacto donde lo había dejado. Pero habló con la frialdad de una máquina, una máquina que funcionaba bajo la voluntad de un dictador inhumano e inexorable.

—Lo que veis ante vosotros —continuó la voz. La voz que ya no se hacía eco de los pensamientos del profesor—. Es lo que llamáis una ameba, una ameba gigante. Esto soy yo: esta ameba, la que se está dirigiendo a vosotros, hijos de un universo alienígena. Esto soy, el que a través de este instrumento de comunicación que he tomado prestado y cuyo extraño lenguaje podéis entender, está explicando mi presencia en este planeta. Vierto mis pensamientos en esta caja cerebral especializada que he vaciado previamente de su pobre contenido intelectual. —Aquí los «honorables colegas» del profesor se dieron codazos regodeándose—. La he vaciado con el propósito de que mis propias ideas se puedan transmitir desde mi mente a la vuestra sin el impedimento de cualquier distorsión que pudiera, de otra manera, causar el conflicto de aquellas con los pensamientos de este individuo.

»En primer lugar, he absorbido el contenido cerebral de este ser al que llamáis Bill Jones, pero su instrumento psíquico era inexistente. No estaba técnicamente preparado para el uso de las palabras que en vuestro idioma mejor podrían adaptarse a lo que trato de decir. Tiene más de lo que vosotros llamáis «inteligencia innata», pero no ha perfeccionado la parte mecánica del cerebro a través de cuyo manejo esa inteligencia innata puede ser transmitida a otros y aplicada para obtener alguna ventaja práctica.

»Esta criatura que estoy utilizando ahora está, como vosotros diríais, repleta de sonido sin significado. Su cerebro es como un trastero en el que ha acumulado un conglomerado de palabras sabias y apropiadas con las cuales disfrazar su falta de ideas, de ideas que no expresan nada. Sin embargo, la abundancia de recursos guardados en este trastero le provee de una mente perspicaz con excelentes herramientas para trasmitir conceptos a otras mentes.

»Sabed entonces que no estoy aquí por accidente. Soy un vagabundo del espacio, un explorador de un súper universo cuyo desarrollo se ha producido sin variaciones a lo largo de la línea evolutiva de vuestras amebas. Vuestra evolución, tal y como la percibo a través del contenido cerebral de vuestro profesor, empezó a desarrollarse de una manera parecida a la nuestra. Pero en vuestro sistema solar, más pequeño, con un ajuste al mecanismo cósmico menos perfecto que el nuestro, ocurrieron una serie de cataclismos. De hecho, vuestro sistema planetario fue el resultado de una catástrofe, o lo que debería haber sido una catástrofe: la colisión de dos grandes soles cuyo acercamiento provocó el desgarro de lo que luego serían vuestros planetas. Este colosal accidente, extraño, de hecho, en los anales de las estrellas, desató una interminable cadena de accidentes, una cadena de la cual este espécimen, este profesor y la especie a la que representa, son uno de los eslabones más débiles.

»Vuestra infinita pluralidad de especies se debe directamente a la variedad de adaptaciones necesarias para sobrevivir a esa sucesión de accidentes. En el súper universo del que provengo, esos desequilibrios en la mecánica celestial simplemente no existen. Por esta razón, nosotros hemos evolucionado de forma armoniosa a lo largo de una sola línea taxonómica, mientras que la vuestra se ha ramificado en diversas y grotescas expresiones del principio de la vida. Vuestra llamada mayor manifestación de este principio, a saber, vuestra propia especie, se caracteriza por un gran número de órganos especializados. A través de esta alta especialización de funciones, sin embargo, habéis perdido el derecho a vuestra inmortalidad como individuos, y ha sucedido que solo vuestro flujo vital es eterno. La célula primitiva es inmortal, pero la muerte surge siguiendo los pasos de la especialización.

»Nosotros, los seres de este universo ameba, somos inmortales como individuos. No tenemos órganos altamente especializados que se rompan bajo la influencia del entorno. Cuando queremos un órgano, lo creamos. Cuando ha cumplido su cometido, lo reabsorbemos. Estiramos nuestros tentáculos y atraemos hacia nosotros lo que quiera que deseemos. Si algún tentáculo es destruido, podemos desplegar otro.

»Nuestro universo es bello más allá de los sueños de vuestros más inspirados poetas. Mientras vuestros paisajes, aunque adorables, son estacionarios, inmutables excepto a través de hercúleos esfuerzos, los nuestros son capaces de transformarse en un cambio eterno. Con nuestra propia sustancia, construimos nuestros minaretes de luz, penetrando en el aura del infinito. Bajo nuestra voluntad creamos, preservamos y destruimos solo para volver a construir de manera aún más gloriosa.

»Obtenemos nuestro sustento de los elementos más básicos, al igual que vuestras plantas, y reemplazamos constantemente la base electrónica de estos elementos con nuestras propias emanaciones, de manera muy parecida a la que vuestras plantas nitrogenadas revitalizan el suelo.

»A pesar de que engendramos y absorbemos órganos a voluntad, no tenemos nada parecido a vuestros cinco sentidos. Obtenemos el conocimiento a través de uno solo o ¿debería decir un súper sentido? Vemos, escuchamos, tocamos, saboreamos, olemos, sentimos y conocemos, no a través de un órgano, sino a través de toda nuestra estructura. La homogénea capacidad de nuestra omni-materia somete la pluralidad del mundo al procesamiento de una poderosa unidad.

»Podemos disolver nuestros cuerpos a voluntad, manteniendo solamente el átomo permanente de nuestro ser, la semilla de la vida que cayó en el suelo de nuestro planeta con una inteligencia infinita. Podemos enviar esta indestructible semilla a través de las profundidades del espacio utilizando rayos luminosos. Podemos visitar el universo más lejano a la velocidad de la luz, ya que la luz es nuestro medio de transporte. Para llegar a vuestro pequeño planeta he necesitado un millón de años, ya que mi mundo está a un millón de años-luz de distancia: aunque para mi raza un millón de años equivale a uno de vuestros días.

»Cuando llegamos a cualquier destino, podemos reconstruir nuestro cuerpo a partir de los materiales del nuevo planeta. Obtenemos el conocimiento de las condiciones de cualquier planeta absorbiendo el pensamiento de los cerebros de varios miembros representativos de su especie dominante. Toda mente equilibrada contiene la experiencia de su raza, la esencia de la sabiduría que el alma común ha adquirido durante su existencia material. Transformamos este conocimiento en parte del nuestro y, por lo tanto, el Universo es como un libro abierto para nosotros.

»Al final de cada proceso de absorción de pensamientos, devolvemos aquellos que hemos tomado prestados al cerebro de su poseedor. Recompensamos a nuestro sujeto por su desconcierto vertiendo en su cuerpo nuestra espléndida vitalidad. Esto alarga su esperanza de vida de forma inconmensurable, exterminando literalmente de su sistema los gérmenes o enfermedades, actuales o incipientes, que contaminan su torrente sanguíneo.

»Esto, creo, concluye mi explicación, una explicación a la que vosotros, como especie en la que la inteligencia empieza a florecer, tenéis derecho. Pero aún os queda un largo camino que recorrer. Vuestros canales de pensamiento están tristemente bloqueados y entrecruzados con complejos inhibidores y sinsentidos que se interponen en el camino del verdadero progreso. Pero los resolveréis, porque la chispa divina del vasto universo que late en todos nosotros, late también en vosotros. Esa chispa, una vez encendida, jamás puede ser extinguida, no puede volver jamás al limo primordial.

»No hay nada más que pueda aprender de vosotros, nada que pueda enseñaros en este estadio de vuestra evolución. Sin embargo, tengo un mensaje que daros, un pensamiento que dejar con vosotros: ¡avanzad con determinación! Vais por el buen camino, las estrellas brillan sobre vosotros, su luz ilumina en vuestros corazones la consigna de los Soles Federados más allá de las fronteras de vuestros pequeños mundos en guerra. ¡Avanzad con determinación!

La voz se apagó entonces como el repicar de una gran campana alejándose en la inconmensurable distancia. Los altaneros tonos del profesor habían cedido a la dulzura y la luz de la gran mente de la cual se había convertido en instrumento. Se produjo al final una resonancia dorada que parecía desvanecerse por los vastos corredores del espacio más allá de los puestos más avanzados del tiempo.

A medida que la voz se desvanecía para dar lugar a un silencio sepulcral, la extraña y variada multitud se movió por un impulso común: agachó sus cabezas como en oración. El gran globo latió y brilló a través de sus sensibles profundidades como un mar de joyas líquidas. Entonces el tentáculo que había agarrado al profesor lo atrajo de vuelta hacia el interior núcleo centelleante. A la misma vez, otro brazo alcanzó y agarró a Bill Jones, quien, durante la extraña charla, había parado de marchar como un soldado de madera y había permanecido rígido y atento.

Los cuerpos de ambos hombres dentro del núcleo de nuevo se vieron envueltos por una única corriente. De ella emergieron otra vez los tentáculos, cubriendo sus cabezas, pero la sustancia ahumada fluyó hacia ellos en esta ocasión, y con ella un hilo de resplandor violeta. Luego vino la palpitación, cuando las corrientes relucientes agarraron a los dos hombres y los escupieron fuera sin daños pero visiblemente dotados de la luminosidad de una vida más plena. Sus rostros brillaban y sus ojos reflejaban un brillo que, de seguro, no pertenecía a la Tierra.

Entonces, ante los ojos de la gente maravillada, el gran globo empezó a encoger. Los reflejos como piedras preciosas se intensificaron, concentraron y fusionaron, hasta que al final solo quedó un punto no mayor que la cabeza de un alfiler, pero cuyo fulgor era, no obstante, abrasador, insoportable. Entonces el punto se elevó alto hacia el cielo, girando, agitándose y dando vueltas como en un gesto de despedida, y finalmente voló a la deslumbrante velocidad de la luz hasta hacerse invisible.

El loco e improbable suceso podría haber sido tachado de un extraño caso de alucinación colectiva, ya que tales casos no son desconocidos en la historia, si no hubiera estado seguido de convincentes pruebas.

La culminación de una serie de alarmantes coincidencias, ambas ridículas y trágicas, acabó por colocar al ser humano cara a cara con un hecho incontestable: a saber, que Bill Jones emergió de su bautismo de fuego dotado de la facilidad de pensamiento del profesor Ralston, mientras que el profesor tuvo que enfrentarse a los escasos recursos mentales de Bill Jones.

De esta irónica manera, el vagabundo del espacio dejó una prueba incontestable de su visita, rindiendo homenaje a la «inteligencia innata» y gastando una broma joviana a un idiota instruido. ¡Un ingenioso intercambio!

Un Colón de un universo más vasto y amable se detuvo por un momento a aprender la historia de nuestro pequeño planeta. Nos trajo un mensaje de las ciudadelas más exteriores de la vida y brilló en su viaje de eones desde lo eterno hasta lo eterno.

FIN

Sobre la traducción: 

1 response to "The Jovian Jest. Una mujer en las revistas pulp de los años treinta."

  1. By: Pedro Posted: Mayo 8, 2018

    A sido una grata lectura. Me a gustado el soliloquio de la criatura. Y esa vuelta de tuerca, a lo que parecía que hiba a ser un trágico final. Y no me quiero olvidar de destacar la mala leche de la broma sobre todo para el científico 🤣🤣

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